Hay
carencias que desnuda el gobierno cuando le falta el guion escrito
por los asesores de imagen.
Expresiones
como “lo importante es que pare de llover”, hablándole a los
damnificados por las inundaciones, o “el problema es que las
pastillas son muy chiquitas”, cuando la vicepresidenta se refiere a
los casos de sobredosis de la fiesta Time Warp, o, directamente, la
negativa del presidente a responder a requisitorias de los
periodistas cuando la pregunta lo sorprende y termina respondiendo
“esto no tiene nada que ver” o “no me podés comparar” o “esa
te la debo” son el reflejo de un elenco de gobierno con nula
formación política y escasa formación en general, cuyo máximo
exponente apenas puede leer en voz alta y de corrido un discurso de
inicio de sesiones ordinarias. En semejante contexto, no debería
sorprender que Macri confundiera a Adam Smith con un cantante de
brit-pop o a David Ricardo con el compañero de Cristiano Ronaldo en
la delantera de la selección de Portugal.
Esta
carencia de formación no sería un problema en sí misma, si al
menos fuera suplida por otras herramientas, por ejemplo, la
interpretación de la realidad a través de la analogía. Pero
para quien vivió en una burbuja social, es una novedad la
realidad panorámica y el intento de establecer analogías con
experiencias conocidas. Eso lo lleva indefectiblemente a la
impotencia, a la exhibición impúdica de la pretensión de extender
su pequeña isla a la complejidad desconocida del mundo existencial.
La
improvisación tiene mala prensa y suele confundirse con ignorancia,
falta de preparación y otras acepciones similares. Pero la
verdadera naturaleza de la improvisación consiste en concebir y
ejecutar una acción simultáneamente. Es decir, pensar y hacer al
mismo tiempo. Dependiendo de la destreza que se tenga y el
conocimiento previo sobre el tema, podrá ser una habilidad o una
torpeza. El problema de no saber improvisar es que la realidad
no tiene guión y cuando los asesores de imagen no prevén un
escenario específico para practicar unas respuestas y una
gestualidad avaladas por la aprobación de un focus group, el
protagonista queda desnudo sobre el escenario y sin letra. Y,
como es de esperar, hace mutis por el foro, tapándose las partes o
haciendo alarde de deber la respuesta.
Por
eso este gobierno se jacta de ser el “gobierno del sentido
común”. Sin detenerse en la naturaleza misma del sentido común,
vale la pena recordar que, justamente, es un sentido. Y, por lo
tanto, forma parte de la experiencia sensible y no del razonamiento.
Ayuda a reconocer rápidamente semejantes que parecen análogos,
permite una respuesta genérica cuando apremia el tiempo y la
coyuntura, pero expone al que lo haga a tomar por ciertas algunas
afirmaciones que carecen de verdad y de rigor fuera de la pequeña
aldea, pero que son aceptadas en un círculo social determinado. En
cierto ethos, el sentido común, por ejemplo, diría que el delfín
es un pez o que “el pozo de Quilmes” es un bache.
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