domingo, 8 de mayo de 2016

La insignificancia del sentido común

Hay carencias que desnuda el gobierno cuando le falta el guion escrito por los asesores de imagen.
Expresiones como “lo importante es que pare de llover”, hablándole a los damnificados por las inundaciones, o “el problema es que las pastillas son muy chiquitas”, cuando la vicepresidenta se refiere a los casos de sobredosis de la fiesta Time Warp, o, directamente, la negativa del presidente a responder a requisitorias de los periodistas cuando la pregunta lo sorprende y termina respondiendo “esto no tiene nada que ver” o “no me podés comparar” o “esa te la debo” son el reflejo de un elenco de gobierno con nula formación política y escasa formación en general, cuyo máximo exponente apenas puede leer en voz alta y de corrido un discurso de inicio de sesiones ordinarias. En semejante contexto, no debería sorprender que Macri confundiera a Adam Smith con un cantante de brit-pop o a David Ricardo con el compañero de Cristiano Ronaldo en la delantera de la selección de Portugal.
Esta carencia de formación no sería un problema en sí misma, si al menos fuera suplida por otras herramientas, por ejemplo, la interpretación de la realidad a través de la analogía. Pero para quien vivió en una burbuja social, es una novedad la realidad panorámica y el intento de establecer analogías con experiencias conocidas. Eso lo lleva indefectiblemente a la impotencia, a la exhibición impúdica de la pretensión de extender su pequeña isla a la complejidad desconocida del mundo existencial.
La improvisación tiene mala prensa y suele confundirse con ignorancia, falta de preparación y otras acepciones similares. Pero la verdadera naturaleza de la improvisación consiste en concebir y ejecutar una acción simultáneamente. Es decir, pensar y hacer al mismo tiempo. Dependiendo de la destreza que se tenga y el conocimiento previo sobre el tema, podrá ser una habilidad o una torpeza. El problema de no saber improvisar es que la realidad no tiene guión y cuando los asesores de imagen no prevén un escenario específico para practicar unas respuestas y una gestualidad avaladas por la aprobación de un focus group, el protagonista queda desnudo sobre el escenario y sin letra. Y, como es de esperar, hace mutis por el foro, tapándose las partes o haciendo alarde de deber la respuesta.
Por eso este gobierno se jacta de ser el “gobierno del sentido común”. Sin detenerse en la naturaleza misma del sentido común, vale la pena recordar que, justamente, es un sentido. Y, por lo tanto, forma parte de la experiencia sensible y no del razonamiento. Ayuda a reconocer rápidamente semejantes que parecen análogos, permite una respuesta genérica cuando apremia el tiempo y la coyuntura, pero expone al que lo haga a tomar por ciertas algunas afirmaciones que carecen de verdad y de rigor fuera de la pequeña aldea, pero que son aceptadas en un círculo social determinado. En cierto ethos, el sentido común, por ejemplo, diría que el delfín es un pez o que “el pozo de Quilmes” es un bache.

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