Por E. Raúl Zaffaroni *
“... El hecho
consiste en operaciones con dólar a futuro, que son corrientes. Se
hacen calculando el valor de la divisa conforme a las previsiones del
momento. Siguiendo la política de control de cambios vigente en el
momento de prever el valor, la divisa en el futuro estaría
–supongamos– a 10 pesos. Lo cierto es que la divisa estuvo a 15,
por lo cual el Banco Central sólo recibe 10 pesos por cada dólar
que hoy vale 15, con una pérdida de 5 pesos por dólar.
Esta diferencia se
produjo porque se pasó del control de cambios al dólar flotante, es
decir, porque se adoptó otra política monetaria: se pasó de Keynes
a Milton Friedman.
Inclinarse por uno u
otro no es delito, sino una opción política, salvo que se quiera
procesar a Keynes. Tampoco pretendemos procesar a Friedman. Pero
nadie podrá negar que al momento de calcular el valor del dólar en
unos meses, no era previsible el advenimiento de una administración
adoradora del mercado, que enciende velas en el altar de Friedman.
Pero si bien no es
delito pasarse a Milton Friedman, sí lo sería no haber evitado o
paliado el daño, habiendo anulado las operaciones a futuro
(invocando la teoría de la imprevisión o algo parecido),
renegociado esas operaciones o abandonando más gradualmente del
control cambiario.
Como no se hizo nada
por evitar o disminuir el daño, el Banco Central y nuestras reservas
sufrieron el impacto de frente y sin ninguna amortiguación.
¿A quién benefició
este daño? Como consecuencia del cambio de política monetaria, a
los exportadores, pero directamente a los compradores de los dólares
a futuro, que fueron fundamentalmente los bancos. Si bien este
beneficio puede considerarse político para los exportadores, no
puede negarse que fue directo para los bancos que compraron los
dólares a 10 pesos.
Más aún: la propia
Justicia, consultada sobre esas operaciones, dispuso que se sigan
pagando hasta hoy los dólares a 10 pesos, o sea, que si se tratase
de un delito, ni el propio juez que lo imputa trató de evitar que se
consume el daño interrumpiendo las consecuencias.
Esta conducta de la
propia Justicia sería algo así como ocuparse exclusivamente de
pretender imputar a un secuestrador, pero al mismo tiempo dejar a la
víctima atada en el sótano. Cuando un juez se halla en presencia de
un delito, lo primero que debe hacer es interrumpir en lo posible sus
efectos...
No creemos que sea
muy racional pretender que la política de control de cambios es un
delito, que quienes la llevan adelante son siempre una banda
criminal, y que Lord Keynes sería el instigador (si estuviese vivo).
Mucho más racional
sería pensar que no guarda fidelidad con los intereses que le fueron
confiados quien deja flotando el dólar de la noche a la mañana,
sabiendo que su precio va a dar un salto considerable, sin tomar
ninguna medida que neutralice o disminuya el daño para el Banco
Central que, como cualquiera podía observar, era consecuencia
inevitable de esa medida, y a sabiendas, además, de que ese salto en
el precio beneficiaría a los exportadores y, mucho más
directamente, a los bancos compradores.
Si de fidelidad se
trata, nadie quiera atribuirle a otro sus propias infidelidades.”
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