“ El gobierno
apuesta a la baja (ya lograda) y al freno del salario para ganar
competitividad externa; al agro y a las finanzas como los sectores
dinámicos de su estrategia que tienen un bajo impacto en la
generación de empleo; a la apertura de las importaciones para
corregir precios, y al comercio exterior en general. Todo ello con su
saga de sustitución negativa de importaciones, achicamiento o cierre
de empresas y caída del consumo local. En esa apuesta, el desempleo
no solo es una consecuencia inevitable sino que además es un
disciplinador de los trabajadores, un freno a la recomposición
salarial y un cepo antiinflacionario.
En estos meses se
produjeron más de 100.000 cesantías. La mitad corresponden al
sector público en todos sus niveles, y la otra mitad al empleo
privado, fundamentalmente de la construcción. También se anunciaron
más de quince mil suspensiones en la industria.
Se acaba de conocer
la última actualización del Índice Construya (que mide las ventas
de las empresas líderes del sector) que informa para marzo de este
año una caída del 9,6% respecto a marzo de 2015 y del 5,4% respecto
a febrero pasado: es la primera vez en muchos años que el índice
registra caídas durante cuatro meses consecutivos. La Unión
Industrial Argentina señaló que podrían perderse 200.000 empleos
en el sector como producto de la suba de tarifas en los servicios.
También la Confederación Argentina de la Mediana Empresa se
pronuncio en el mismo sentido e informó que, como consecuencia de la
debacle del salario, las ventas minoristas cayeron 5,8% en marzo, lo
que se agrega a las caídas anteriormente informadas de febrero
(4,5%) y de enero (2,3%) de este año. Según la UCA, la tasa de
indigencia habría pasado de 5,3% a fines de 2015 a 6,9% en marzo de
este año y la pobreza de 29%, a fines de 2015, a 34,5% en marzo de
este año, lo cual significa 350.000 personas indigentes más y 1,4
millón más de personas pobres.
En estas señales
que se atisban hay algo grande en juego. Sucede con el poder y la
política democrática algo similar al desacople entre la economía
real y la creciente financiarización, pero al revés. El eje público
se desplazó y se asiste una vez más al espectáculo del poder que
arrasa la diferencia, lo distinto, lo otro, amparándose en formulas
vacías como “ceder la palabra”, y lo hace en nombre de lo que no
representa ni podría jamás representar: el interés de las mayorías
populares. Hay un desatino cultural en todo esto...”
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