–Uno
de los errores señalados desde adentro durante los doce años de
gobierno del FpV fue la comunicación de las acciones de la gestión.
Ahora, desde adentro de Cambiemos dicen que están comunicando mal lo
que quieren llevar a cabo. ¿Por qué cree que ocurren estas
cuestiones en tiempos de híper información?
–En primer lugar, porque la híper información no supone más
ni mejor información. De hecho, diría que su consecuencia es
exactamente la contraria y genera eso que Ignacio Ramonet llama
“censura democrática”. Esto es que la información relevante
acaba siendo ocultada por el exceso de información irrelevante más
que por los recortes directos tal como los ejercía la censura
clásica. En segundo lugar, decir “falla la comunicación”
es una manera subrepticia de decir “estamos haciendo las cosas bien
pero no sabemos expresarlo”. Es una excusa perfecta para
cualquier gobierno y es casi un clásico contemporáneo. Con todo, y
con las disculpas del caso por el exceso de subjetividad, yo no
tengo dudas de que el kirchnerismo tuvo enormes déficits
comunicacionales. Lo cual, claro está, no significa que todo lo haya
hecho bien. Los tuvo hasta el último de sus días en el gobierno
y se dio cuenta de ello durante el conflicto con las patronales del
campo, donde una medida cuyo espíritu era redistributivo se
transformó repentinamente en una “medida expoliadora contra la
esencia nacional” gracias a una enorme campaña de intoxicación
informativa. En el macrismo no hay mala comunicación: hay medidas
impopulares que no hay manera de “comunicar bien”, entendiendo
por tal “hacerlas pasar por medidas que beneficien a la
ciudadanía”.
–Habida
cuenta de la estampida mediática; el cierre de diarios, revistas,
canales de televisión, radios, y la eliminación de programas a
partir del 10 de diciembre de 2015, ¿qué opinión tiene de la
elección del empresariado mediático por parte de la administración
del FpV durante sus mandatos?
–Fue un gran error, pues en el afán de promover espacios que
den lugar a nuevas voces se benefició, en algunos casos, a
empresarios inescrupulosos. Las consecuencias están a la vista.
–¿Cómo catalogaría al periodismo actual en el plano
político y en el plano social?
–Si entiendo bien la pregunta, el periodismo tiene en esta
actualidad de híper información y prótesis tecnológicas que nos
permiten estar conectados y presuntamente actualizados todo el
tiempo, una ubicuidad y una penetración como nunca tuvo en la
historia de la humanidad. Esto no implica volver a la vieja teoría
de la aguja hipodérmica y afirmar que los medios determinan
completamente el accionar de las audiencias pero su influencia es
enorme en cuanto a sedimentar un sentido común liberal que,
naturalmente, tiene influencia en el campo político. Esto se ve en
el modo en que los medios entienden la política: esto es, como un
espacio de corrupción. Y en el modo en que los medios dicen
reproducir el debate público. Sobre este último punto cabe notar
cómo los programas políticos de la actualidad abusan del
“panelismo”, del desfile incesante de personajes menores y del
griterío constante. No me molestaría que lo hagan asumiendo que es
un show. Me molesta que lo hagan diciéndonos que eso es la política.
–¿Cuáles
son los cambios ocurridos en lo referente a la libertad de prensa en
una democracia de corte liberal y cómo pueden remediarse si los
considera adversos a la comunicación?
–Me parece que hay un deslizamiento muy peligroso hacia la
prepotencia del capital privado. En este sentido, en los últimos
años se oyó decir más de una vez que “los medios estatales deben
ser plurales pero los medios privados pueden no serlo y hacer lo que
quieren porque lo pagan de su bolsillo”. Esa lógica puede
funcionar si se pone una ferretería, pero no cuando se trata de
comunicación, porque el derecho a la información también es un
derecho que tiene la audiencia a recibir información veraz. Sin
pretender incidir en los contenidos, hay que entender que, si una
empresa quiere comunicar, no puede comunicar cualquier cosa.
–¿Cree
estar en presencia de un Partido Mediático que juzga, condena y
digita la actividad política y la actividad judicial?
–No tengo dudas, aunque yo hablaría de una troika entre
corporaciones económicas (algunas de ellas dueñas de medios de
comunicación), sectores del poder judicial y el gobierno actual.
Allí está el núcleo del poder formal y real de la Argentina.
–Ante
los cambios operados en la programación de los canales de aire y la
casi absoluta condescendencia de las señales de noticias de cable
(lo mismo en las radios y en los medios gráficos), ¿qué salida
queda para la posibilidad de escuchar, ver o leer otro tipo de
información?
–No veo salida fácil porque ni siquiera es fácil informarse a
través de la web, ya que el descrédito bien merecido del periodismo
profesional dio lugar a comunicadores free lance o portales desde los
cuales se lanzan las más infames operaciones de prensa. Lo
insólito es que hay gente que se dio cuenta que Clarín miente pero
le cree a todo lo que se dice en Facebook.
–¿Cree
que hubo un cambio de actitud de la sociedad ante el periodismo luego
del 10 de diciembre?
–No me parece que haya habido un cambio. En realidad, uno de los
grandes legados culturales del kirchnerismo es que una porción
importante de la población no podrá consumir nunca más de manera
ingenua un medio. Pero hay otra porción importante que cree que
los periodistas son los guardianes morales de la república y que un
gesto adusto es sinónimo de neutralidad e independencia.
–¿Piensa
que es posible recuperar la multiplicidad de voces luego de la marcha
atrás de la Ley de Medios?
–Me permito ser escéptico. Era difícil garantizar la
pluralidad incluso con la ley completamente vigente, imaginemos lo
que será ahora cuando estamos viviendo un proceso de reconcentración
mediática inédito.
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