Por
Adriana Puiggrós *
Quienes
determinan las reglas del mercado pretenden ordenar hasta el ritmo
cardíaco de las personas, apropiarse de los cuerpos, las
percepciones, los sentimientos y las voluntades. Pero no nos
ahoguemos en una supuesta imposibilidad de oposición a un Dios
mercado que invade todo, ni afirmemos que el poder el pulpo mediático
sin identidad dominó infinita e indefectiblemente la producción de
subjetividades. Son personas de carne y hueso los sujetos del
capitalismo salvaje, los opresores y los oprimidos, por lo cual
es saludable recordar “la abigarrada variedad del mundo humano”,
como escribió Freud, y valorar la inevitabilidad de la política. El
horizonte es brumoso hoy en la Argentina, pero entre quienes nos
gobiernan podemos distinguir sentimientos que son más antiguos que
el neoliberalismo, los mismos del amo hacia el esclavo, el señor
hacia su siervo, del patrón de estancia para con el peón, del rey
de la manada hacia los otros géneros. Los sentimientos de la
antigua oligarquía argentina han encajado perfectamente en el
programa pedagógico del posmoderno mercado, que no se entiende si
se lo enfoca solamente como efecto de la ortodoxia económica. Los
empresarios de las corporaciones que nos gobiernan son reactivos
al sentido social del gasto educativo y lo ingresan en sus
contabilidades como un bien transable más, empero, los números no
alcanzan para explicar la pasión contra la educación pública que
comparten los CEO con los clásicos detractores del derecho universal
a la educación. Una de las frases más célebres de estos meses,
“la grasa sobrante”, incluye las justificaciones de un sistema
educativo restringido, capaz de excretar a quienes pretenden lograr
movilidad social trepando por el sistema escolar. En el
correspondiente discurso opera fuertemente la categoría “desertor”,
que facilita inculpar a la víctima de un orden educativo que sólo
acredita ciclos extensos, que registra únicamente las respuestas
previstas por protocolos destinados a formar al “meritócrata”
que, como dice la publicidad de Chevrolet, “pertenece a una
minoría que no para de avanzar y que nunca fue reconocida hasta
ahora”, que desconoce los saberes adquiridos en diversas
circunstancias de la vida, que reprueba la diferencia y reafirma
la desigualdad. Si por un instante imagináramos un sistema
basado en la acreditación en lugar de la desacreditación, los
“fracasados”, “desertores”, en
algún tramo del recorrido oficial deberían ser
mencionados por los saberes que adquirieron y no por aquellos que no
transitaron. Ello molestaría a los cultores de las evaluaciones
discriminatorias, de la imposición de aranceles en los colegios y
universidades, de la reducción de la planta docente, del rechazo a
los programas socio-educativos que superen el asistencialismo.
Pondría en evidencia su manera elegante de disimular el simple
odio de clase y un viejo temor: ¡cuántas veces en nuestra historia
han propuesto el voto calificado para excluir de los derechos
políticos a los que antes excluyeron de la escuela!
El
gobierno de Macri acaba de dar de baja al Plan de Finalización de
Estudios Primarios y Secundarios –FinES– 2016 a través del
Decreto 178/16, especialmente
los que se impartían en las universidades nacionales. Dio
de baja a quienes están cursando, a miles de jóvenes y adultos que
habían optado por una nueva oportunidad en sus vidas. Dio de
baja a su inclusión en un lugar distinto en el orden socio cultural,
aquel donde reside lo colectivo, porque la oferta neoliberal se
dirige al individuo,
ese sujeto del enunciado yanqui “soy
alguien” que se construye aludiendo a la supuesta incapacidad de
los otros. No estamos ante una opción financiera, no es una
cuestión de costos, es una postura ideológica. Es también una
advertencia para que entendamos que los socios de este gobierno
son los empresarios transnacionales de la educación, las
corporaciones financieras que se adueñan de los campus informáticos
y están introduciendo en la educación pública contenidos escolares
y capacitación docente generados por empresas comerciales y ONG
estadounidenses.
El
apresuramiento del gobierno por dar de baja, achicar o tercerizar
programas como el FiNes, Conectar Igualdad, Progresar y las
restricciones al presupuesto universitario, demuestran temor a un
pueblo aprendiendo fuera de su control. Como saben por
experiencia que es imposible lograr que su discurso pedagógico se
deposite en las mentes y los cuerpos de los educandos sin ningún
error, sin ninguna falta, optan por restringirles el acceso a la
educación. Porque, afortunadamente, existen fallas en el proceso
de transmisión en todas las culturas y no hay razón –salvo que
creamos en el fin de la historia, esa ilusión de omnipotencia de los
poderosos– para que la educación neoliberal alcance la perfección.
En la antigüedad millones de humanos se constituyeron como
sujetos de la esclavitud, pero una vez algunos aprendieron algo
distinto y gestaron la alternativa. Va a ser muy difícil impedir que
las multitudes populares, que se manifestaron contra el gobierno en
las últimas semanas, enseñen y aprendan.
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